Me gusta pasear por las ciudades y ver esos viejos árboles, de grandes copas y toscos y rugosos troncos con sus nudos retorcidos. Que son como la historia de las ciudades que los vieron crecer y a las que han visto morir y nacer mil veces, a veces por las guerras, otras por el fuego o el agua y muchas más por la avaricia de los hombres.
Incluso me gusta tocarlos y abrazarlos, sobre todo en otoño, cuando parecen que mueren rodeados de sus hojas y su color es tan triste como el de los sucios edificios que les rodean.
Pero sobre todo me gusta ver como levantan las aceras que intentan convertirse en la prisión de algo incontenible, que no entiende de normas urbanísticas, ni de la cuadriculada y embaldosada mente que habita en nuestra cabeza. Son como colosos que no se resignan a ser encarcelados en sus pequeñas parcelas de tierra y a tener como únicos visitantes y amigo a los perros.